Mi pasión por la restauración comenzó siendo niña, cuando aprendí a apreciar la belleza y la nobleza de las piezas y materiales antiguos que me rodeaban en el ámbito familiar.
Con cada arañazo, cada muesca, cada capa de pintura o barniz, un mueble cuenta su historia. Mi misión es revelar esa historia, preservarla y, a veces, añadirle un nuevo capítulo.
Restaurar un mueble antiguo es un acto de equilibrio entre la preservación y la mejora. No se trata simplemente de hacer que algo viejo parezca nuevo, sino de respetar y realzar su carácter y autenticidad. Cada proyecto comienza con una cuidadosa evaluación de la pieza: el tipo de madera, las técnicas de construcción utilizadas, las capas de acabado, las partes dañadas o faltantes. A partir de allí, trazo un plan personalizado para cada pieza, ya sea un elegante escritorio francés del siglo XIX o una sencilla silla de granja.
Me parece interesante hacer un inciso en este tema. En la actualidad se emplea, muy a menudo, el término restaurar cuando, en realidad, se trata de trabajos de rehabilitación, recuperación o reciclaje. Tenemos que tener muy claro que al restaurar tratamos de devolver a un objeto sus propiedades, aspecto y características originales respetando, eso sí, la pátina del tiempo. Cuando actualizamos un mueble con pintura o cualquier otra técnica, o le damos una función diferente a la que tenía de origen estamos recuperándolo, pero no estamos restaurándolo.
